Historias de cuarentena | Silvina Rufino: “El milagro está en lo cotidiano”

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Silvina, a modo de catarsis, puso de manifiesto sus sentimientos por medio de las letras. Un escrito que dejó el ámbito familiar para pasar al aire de #FMLA20.

“Siempre la literatura me ha salvado. Esto fue un escrito que compartí a nivel familiar, mi hermano se encargó de difundirlo. Pero lo que entendí de todo esto es que la cuarentena hizo que lo que era cotidiano sea maravilloso”, comentó Silvina Rufino.

“Esperar a mi nieto con algo rico luego de la escuela es algo que siempre hacía, y él me contaba sus cosas, bueno… ahora no puedo hacerlo, y eso es lo que escribí”, recordó.

“Creo que esto viene de la infancia, que desde muy pequeña leía o escucha leer a mi padre. En toda mi familia siempre estuvo la literatura, algunos lo desarrollaron más que otros”

“Tenemos que contagiar lo bueno, de edificar con la palabra. Eso se puede contagiar, hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para ayudar”, reflexionó Silvina.

El escrito se llama: Tiempos de coronavirus

Tiempos de coronavirus

Y a pesar de todo abrigo un sueño

Nunca cobró tanta certeza la constatación de que “en tiempos de adversidad afloran grandezas y bajezas humanas”.

Hemos sido testigos con profunda emoción de gestos sublimes, personas que donan su tiempo, sus energías y hasta su vida para ayudar a salvar a los otros, vimos el más profundo amor en miles de rostros que ayudan a personas que ni siquiera conocen; fuimos testigos también de actitudes del peor de los individualismos, de un egoísmo irresponsable, del desprecio por la vida de los demás.

En este contexto de sentimientos diversos hacemos una imprescindible cuarentena. Algunos agradecemos a Dios transitarla en compañía, y cada momento compartido resulta al final del día una suma de bendiciones. Otros apelan a las más diversas estrategias para paliar una soledad que pesa. Las familias con niños o adolescentes tienen más grandes desafíos, concientizarlos de la enorme responsabilidad que deben asumir, y tratar de hacerles propuestas que los enriquezcan, o entretengan y les ocupen el tiempo.

Se ponen a prueba el ingenio y la creatividad para intentar una convivencia saludable, y seguramente con esfuerzo y tolerancia. El cambio de hábitos es tal vez el aprendizaje más grande que enfrentamos, no solo por las extremas medidas de higiene que debemos implementar, sino sobre todo por no poder compartir momentos con nuestros seres queridos.

En mi caso, soy afortunada porque llevo adelante mi cuarentena con un compañero excepcional, con el que nos prodigamos cuidados, amor y contención.

Extraño a mis hijas y nietos que están como nosotros encerrados en sus casas, esperando que pase esta amenaza. Añoro cosas pequeñas, pero que hoy cobran un significado grandioso.

Extraño esperar a Tomy cuando sale de su nuevo cole, y sorprenderlo con una merienda rica, sentarme con él y conversar mientras le preparo tostaditas con queso y mermelada, me gusta escuchar que me cuente sus historias y que antes de seguir camino a su casa me repita muchas veces que me ama; extraño a Alejandrito, a Facu y a Agos, mis nietos oranenses que veo más seguido que a mis pequeñitas salteñas Reni y More, o a mis tres adolescentes de Bs As Santi, Mati y Guada.

Ellos se las ingenian para estar presentes, aún en la distancia, y emocionarme con sus mensajitos o espectáculos improvisados para sorprenderme en mi cumpleaños. Tengo tantas ganas de abrazarlos a los nueve como si tuviéramos que despedirnos por las dudas.

Extraño a mis hijas, a pesar de que hablamos por la red cotidianamente, tengo deseos de compartir un cafecito y escucharlas hablar al unísono como suelen hacerlo, y sin embargo entendiéndose maravillosamente.

Las amo tanto y no sé si siempre se los demuestro, quisiera ser y haber sido la mejor madre para ellas, pero seguramente me debo haber equivocado mil veces. Extraño a mis amigas, proponiendo siempre un cafecito o un buraco para juntar soledades y gozar eso tan bonito que es el compartir. Extraño mis hermanos, con quienes me une una historia común, de viejas heridas pero también de muchísimo cariño y sonrisas.

Extraño mi trabajo, mi colegio, mi otro rincón del mundo, extraño a mis compañeros queridos, con los que comparto cotidianamente la labor y nos une, después de tantos años, no solo el trabajo sino un vínculo de profundo afecto; anhelo ese verde tropical que miro desde mi oficina, y a los chicos jugando en el patio, disfrutando el regalo de la vida.

No dejo de preocuparme con profunda desazón por tantas familias que no cuentan con los recursos elementales para realizar cuidados básicos para proteger sus vidas. Son tiempos en que la historia y la cruda realidad nos demandan exacerbar la solidaridad, sin vanas excusas, ante el estado de indefensión de muchos que pone al descubierto la desidia de gobiernos que olvidaron privilegiar lo vital y se dedicaron solo a lo que consideraron urgente.

Sería vano en este momento quejarnos, protestar y sumirnos en la inacción, habrá tiempo para reclamos bien encauzados, hoy nos urgen gestos de generosidad, aunque parezcan mínimos, urge transformar la protesta en propuesta, la queja en acción. Pongamos todo nuestro ingenio y compromiso en descubrir todos los canales de ayuda posible.

No es tiempo de egos, de ventajas políticas, de individualismos, de sálvese quien pueda, es momento de unidad, y no es una ingenuidad decirlo. El uruguayo Benedetti tan sabiamente expresaba en su poema titulado No te salves: “no te quedes inmóvil al borde del camino”, “no reserves del mundo, solo un rincón tranquilo”. Tejada Gómez a su vez nos decía con clamor “importan dos maneras de concebir el mundo, una, salvarse solo, arrojar ciegamente los demás de la balsa, y la otra, un destino de salvarse con todos, comprometer la vida hasta el último náufrago”.

Tenemos que comprometernos en un salvataje comunitario y eso solo se resume en responsabilidad y profunda solidaridad. Sostengamos también, a los hombres y mujeres que están exponiendo su integridad al servicio de la vida de todos. Si, es la hora del amor, con pequeños gestos que, en suma, conducen a inmensos logros. Este virus nos sembró el temor a morir, y nos sorprendió desprevenidos, como solemos andar todos los humanos.

De pronto caímos en la cuenta que lo que nos parecía tan natural era un precioso don, era natural estar saludables, natural caminar, correr y respirar aire puro, natural salir de casa, natural encontrarnos y abrazarnos, natural dejarnos vivir como si el tiempo nos regalara una eternidad a cada instante.

Hoy la salud, el amor y la amistad han cobrado un valor supremo, son nuestros preciosos tesoros y tememos perderlos, todo parece tan trivial al lado de lo más sublime.

La naturaleza, sin embargo, parece salir de terapia intensiva, con el gozo de celebrar una repentina resurrección, se sienten pájaros que cantan alborozados, animales diversos que se abren paso para recuperar espacios, aguas que se tornan más claras y el precioso color de la vida retorna a su cauce.

Una higiene forzada e inesperada, que necesitaba imperiosamente nuestro planeta, está rescatando de las ruinas a la naturaleza. Este virus evidenció que no somos dueños del planeta, nos hizo comprender que solo somos miembros de la especie humana, una especie que no cuidó su Hogar privilegiado.

Espero que pronto pase esta feroz amenaza, y a pesar de todo abrigo un sueño, que sea el resultado de un aprendizaje de esta pandemia.

“La utopía –decía Galeano- está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar” Mi utopía es que podamos higienizar al planeta, como higienizamos estos días la casa pequeña, que logremos desintoxicar la gran casa de todos.

No hago alusión, sin embargo, solo a los imprescindibles cambios de políticas macroeconómicas, políticas públicas, de salud y socioeducativas de las grandes potencias y de todos los gobiernos del mundo, me refiero a lo que nos toca como ciudad, como pueblo, como vecinos de un barrio, de una cuadra, como compañeros de un aula o como habitantes de una casa.

Higienizar el planeta desde el gesto más pequeño hasta el cambio de hábito más significativo. Hemos naturalizado la violencia en todos los ámbitos de nuestra vida, está enquistada como enemigo silencioso, ya casi ni percibimos que corroe, pero está ahí agazapada, esperando el momento oportuno para lastimar, para humillar, para destruir todo a su paso, y deja también, como un cruento virus, atroces secuelas.

Todo quiere resolverse con violencia, aún en hechos enmascarados de supuesta justicia. Los actos violentos, tarde o temprano, resultan nefastos para la condición humana. Sueño “con una esperanza demencial”, como escribía el querido Ernesto Sábato, “que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos”.

Sueño que podamos humanizar la convivencia, que nos miremos a los ojos y nos redescubramos en un saludo afectuoso, que evitemos gestos que destruyen, que seamos capaces de tender con palabras puentes de encuentro, que abordemos con respeto las discrepancias y busquemos sin soberbia las coincidencias ocultas bajo la mesa, y si no las encontramos, entender que somos diferentes y no avasallarnos.

Sueño que bajemos un poco el ruido y los volúmenes de todo, incluso de nuestra voz, estamos aturdidos desde hace tanto tiempo que ya ni recordamos el silencio. Sueño que hagamos del buen trato un estilo de vida imprescindible.

Sueño que hayamos comprendido que la necesidad de limpieza no es solo para mi pequeño rincón del mundo, es también para las veredas que transito, para las rutas que recorro, para los lugares que visito, para el ambiente de estudio, de trabajo o diversión, porque la higiene y la educación son compañeras inseparables para cuidar la salud.

Sueño que hagamos un pueblo, una ciudad y un país diferente, donde exijamos que los gobernantes gobiernen con grandeza moral y honestidad, y donde nosotros hagamos nuestra parte, sin pretextos ni desidia.

Sueño que por fin surja nuestra mejor versión como personas. Sé que es una utopía, pero podemos caminar para alcanzarla y en el camino mucho habremos logrado.

Silvina Rufino

Marzo 2020

AUDIO DE LA ENTREVISTA:

https://ar.ivoox.com/es/fm-la-20-entrevista-a-silvina-rufino-audios-mp3_rf_49626121_1.html

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