Fue abusado por su progenitor de niño y pidió ser adoptado por su papá del corazón: “Padre no es el que engendra sino el que cría”

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El pedido lo realizó a través de una carta que presentó ante el tribunal de familia de la jueza María Alejandra Sivori. “Con que mi historia sirva para ayudar a una sola familia ya me doy por satisfecho”, dice. Aquí, su relato en primera persona.

Sebastián (un nombre de fantasía para proteger su identidad) pudo manifestar que era abusado por su padre biológico -a quien hoy llama “mi progenitor”- unos días después de cumplir cuatro años. Se lo dijo a su mamá, mientras la abrazaba fuerte y le pedía que no se lo contara a nadie. “Si vos lo contás, vos te morís”, le repetía.

Hoy, que pasó poco más de una década, Sebastián ya es un adolescente y quiere contar su historia. “Con que sirva para ayudar a una sola familia ya me doy por satisfecho”, sostiene en una carta que escribió a mano y que eligió compartir con Infobae. Esa misma carta, prolijamente escrita en letra cursiva y a la que tituló “Reescribiendo la historia de mi vida”, fue la que presentó ante el tribunal de familia de la jueza María Alejandra Sivori, en febrero de 2020, para pedir ser adoptado por Mario (otro nombre de fantasía): su “papá del corazón”.

Se trata del caso de una demanda de ‘adopción de integración’, según lo establecido por el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación en la que, a partir de un matrimonio ensamblado, el padre afín (casado con la madre biológica del niño y padres ambos de dos hermanas del adolescente) entabla una demanda al progenitor por naturaleza, “para integrar al joven a la familia en la que está siendo criado”, apunta la abogada Mariana Gallego responsable, junto con la doctora María Hiraldo, de llevar adelante el caso sobre el que se dictó sentencia el pasado 23 de diciembre de 2020 y en el que, además, el adolescente reafirmó que no quiere llevar el apellido de su progenitor.

"Reescribiendo la historia de mi vida". Así tituló Sebastián la carta que escribió a la jueza y que luego quiso compartir con Infobae. "Con que mi historia sirva tan solo para ayudar a una sola familia ya me doy por satisfecho", escribió el adolescente.
«Reescribiendo la historia de mi vida». Así tituló Sebastián la carta que escribió a la jueza y que luego quiso compartir con Infobae. «Con que mi historia sirva tan solo para ayudar a una sola familia ya me doy por satisfecho», escribió el adolescente.

La historia de Sebastián está teñida de violencia desde los primeros meses de gestación. Luego de confirmar el embarazo, su mamá recuerda que su pareja le prohibió contar que estaba esperando un bebé. “No quería que nadie se enterara. Me hacía ocultar la panza. Lo miro a la distancia y pienso: ‘Era violencia de género’, pero en ese momento no lo registré”, apunta la mujer sobre el calvario que atravesó hace más de diez años, cuando el tema “no estaba tan instalado en la sociedad”.

Tras el nacimiento del niño, el progenitor empezó a mostrar su peor cara. Aunque nunca ejerció violencia física, sí lo hizo de manera psicológica. “Me aisló completamente de mi entorno. Decía que no le gustaba el ruido del teléfono y le molestaba que hablara con mi mamá. Así que mientras estaba en casa tenía que desconectar la ficha porque sino me armaba un escándalo. Vivía con miedo. Incluso hasta dejé de manejar porque, según él, yo manejaba mal y era torpe. Se la pasaba denigrándome”, recuerda ella.

Un par de meses antes de cumplir los dos años, cuando apenas empezaba a pronunciar sus primeras palabras, de un día para el otro, Sebastián dejó de hablar. Desconcertada, su madre decidió consultar con distintos especialistas. Primero fue a un neurólogo, después a una fonoaudióloga y, más adelante, a una psicóloga. El progenitor del niño, en cambio, no quería que su hijo se hiciera estudios, ni recibiera tratamiento de ningún tipo. Presa de la desesperación, la mamá de Sebastián decidió tratarlo a escondidas.

En 2008, aunque su padre biológico no estaba de acuerdo, Sebastián arrancó salita de tres. Según su madre, el niño no se comunicaba con sus compañeros y, más de una vez, se hacía pis encima. En ese momento, recuerda la mujer, la convivencia con su pareja se volvió insostenible y ella decidió irse de la casa.

Una semana después, su hijo volvió a hablar. La mamá de Sebastián se lo adjudicó al tratamiento con la fonoaudióloga y a la escolarización. Por otro lado, se esforzó para que el niño mantuviera el vínculo con su progenitor. “Siempre diferencié que el problema entre la madre y el padre era de la madre y el padre. No quería meter al nene en el medio”, apunta.

Sin embargo, cada vez que el hombre pasaba a buscar a su hijo, el nene no quería irse de al lado de su mamá. “Se agarraba de mi pierna. ‘Yo la paso bien acá con vos’, me decía”.

Los dibujos de Sebastián. "El uso del color rojo suele interpretarse como expresión de rabia, agresión, sufrimiento y dolor", indica el análisis realizado por la especialista. Los dibujos de Sebastián. «El uso del color rojo suele interpretarse como expresión de rabia, agresión, sufrimiento y dolor», indica el análisis realizado por la especialista.

 

El día que pudo poner en palabras lo que venía padeciendo “desde muy temprana edad” por parte de su progenitor, Sebastián había cumplido cuatro años hacía poco y estaba aterrado. “Si vos lo contás, vos te morís”, le dijo a su madre mientras la abrazaba fuerte. “Logró destruir mi infancia. En ese momento, y por muchos años más, generó un trauma que me persiguió hasta el día de hoy”, describe el adolescente.

Tras iniciar una denuncia por abuso sexual agravado, su mamá no permitió que el padre biológico volviera a tener contacto con su hijo. “En el transcurso de ese proceso judicial en nuestras vidas apareció un ser noble y especial, Mario, mi papá del corazón. A pesar de que yo no era un niño muy sociable, desde el primer día que nos vimos sentí que era el indicado para que yo lo adopte a él, y entre mis borrosos recuerdos, hay uno que siempre estuvo muy claro en mi memoria”, apunta Sebastián acerca del pedido que le hizo a Mario unos meses antes de cumplir seis años.

Quien toma la palabra, ahora, para recordar la anécdota es Mario. “Me miró y me dijo: ‘Cuando cumpla seis, ¿te puedo empezar a llamar papá?’. Le dije que ‘Sí’. Entonces me pidió que le imprimiera un almanaque. Me lo hizo pegar arriba de la cama e iba tachando día por día con un marcador”, cuenta el hombre, con la emoción aún a flor de piel.

Mario habla de su relación con Sebastián y dice que “desde el vamos” fluyó de una forma “muy natural”. La describe como “espontánea” y lagrimea al recordar el día en que el nene le dijo “Papá” por primera vez.

“Fue un momento muy emocionante. Era como que los dos nos sentíamos ‘agrandados’, orgullosos el uno del otro. Desde entonces, y hasta el día de hoy, siempre me paré en la posición de padre. Traté de educarlo, de que vaya por un buen camino. Si tenía que sacarle el teléfono o prohibirle la playstation o la computadora lo hacía. Y él siempre lo respetó. Capaz otro chico se hubiera retobado, sobre todo en la adolescencia, pero eso nunca pasó”, dice Mario en charla con este medio.

Además de la adopción, Sebastián también pidió llevar el apellido de Mario. “Cada vez que me llamaban por mi apellido paterno, eso generaba en mí el peor de los recuerdos: mi piel se erizaba y todo se tornaba oscuro", contó. Además de la adopción, Sebastián también pidió llevar el apellido de Mario. “Cada vez que me llamaban por mi apellido paterno, eso generaba en mí el peor de los recuerdos: mi piel se erizaba y todo se tornaba oscuro», contó.

 

Seis años después, casi terminando el colegio Primario, Sebastián planteó que quería cambiarse el apellido. “Cada vez que me llamaban por mi apellido paterno, eso generaba en mí el peor de los recuerdos: mi piel se erizaba y todo se tornaba oscuro. Desde muy pequeño tenía la ilusión de poder dejar de portar ese apellido y pude transmitirlo tanto en mi escuela, como en las actividades extraescolares así como también entre mis amigos. Todos me llamaban por mi apellido materno y así me conocían”, cuenta el adolescente, que hoy lleva el apellido de Mario, igual que sus hermanas.

“Ahora sí puedo decir que mi identidad coincide con mi apellido, porque si hay algo de lo que estoy seguro es de que padre no es el que engendra sino el que cría, el que inculca valores, el que acompaña, el que siempre está a tú lado incondicionalmente pese a la situación, el que pone límites, el que aconseja desde el amor, el que te cuida con su propia vida, el que te enseña a respetar y a respetarte, el que no sabe de fronteras si se trata de amar y eso fue lo que hizo Mario, mi papá”, escribió Sebastián en la carta que presentó ante el tribunal de familia de la jueza María Alejandra Sivori.

“Por todo esto es que creo que era necesario dar a conocer mi historia, porque sé que hay muchos niños y adolescentes en mi misma situación que no saben que existe esta posibilidad de poder cambiar sus propias historias. La idea es dar un mensaje esperanzador y que no crean que las cosas no pueden mejorar. Que vean que el esfuerzo a la larga tiene su recompensa y creo que mi historia es una muestra de ello”, concluye.

El progenitor de Sebastián fue condenado por abuso sexual agravado a través de un juicio abreviado donde reconoció explícitamente haber sido el autor del delito. La ley le dio tres años en libertad condicional, condena que apeló a través de un recurso de amparo que llegó hasta la Corte Suprema de la Nación que, en 2019, confirmó la sentencia.

Desde el Ministerio Público Tutelar de la ciudad de Buenos Aires (MPT) sostienen que el 80% de los abusos son intrafamiliares y se cometen en la propia casa. “Es muy probable que niños, niñas y adolescentes convivan con familiares agresores y abusadores”, explican.

En todo el país, la línea 102 ofrece un servicio gratuito y confidencial, de atención especializada sobre los derechos de niñas, niños y adolescentes. Pueden llamar niños, niñas y adolescentes. Familiares y otras personas adultas referentes (docentes, vecinos y vecinas, organismos gubernamentales y de la sociedad civil) o cualquier otra persona que tenga conocimiento o sospecha sobre una situación de vulneración de derechos de un niño, una niña o adolescente.

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